Nací en 1982, bajo el signo de piscis.
Este soy yo con mis padres, criados ambos de pueblo. Disfrutando en verano en una comida en la viña del tío Josep. El recuerdo es tan dulce como la rapidez con la que ha desaparecido esta vida más sencilla.
Cuando cumplí 3 años fuimos a Lleida a vivir y la ciudad fue casi toda mi realidad durante muchos años.

De pequeño era tan alto como torpe. Sin embargo soñaba en tener éxito en el fútbol. Muy pronto la vida me puso a sitio.
Probé también con el karate y también lo dejé pronto.

De los seis a los dieciocho años fui a un colegio del Opus Dei. El que lleva gafas y tiene las orejas como antenas parabólicas soy yo con 15 años. Para mejorar eso, también llevaba hierros en los dientes. En aquella época me sentía desgraciado y no le encontraba sentido a la vida. Este larguísimo período me marcó profundamente en negativo. La castración en la libertad sexual, las incoherencias entre palabra y hecho entre los seguidores de esta secta, el aislamiento casi total del sexo femenino, las buenas notas como único parámetro de valoración en mi vida…

Uno de los oasis en mi vida eran las visitas que hacíamos a los abuelos paternos que tenían caballos y demás animales.
Para mi hermana y para mí eran un pequeño espacio de conexión con la tierra. Allí estuve en contacto también con el fanatismo religioso y los rosarios interminables.

A los 18 me fui a Barcelona a estudiar arquitectura.
A partir de ese momento los estudios fueron una parte.
La otra, salir de fiesta, beber, fumar y ligar (o intentar ligar) todo lo que podía.
Esta imagen, en la torre de un amigo, fue uno de los peores colocones de mi vida.

La Playstation2 y el Barça fueron dos otros grandes alicientes de esta etapa universitaria. Aquí, celebrando como un loco la Champions del Barça de 2006.

Con 25 años me mudé al barrio del Born y era la primera vez que me sentía creando hogar (hogar tan pequeño como caro).
Un viraje para empezar a dejar de seguir la corriente de la mayoría.
Nuevas amistades, viajes, cultura, lectura, mucha lectura, fotografía… nuevos campos se abrían en mi vida.

Durante la carrera trabajé dos años en el despacho de Arquitectura Saas. La experiencia fue muy enriquecedora, con gente muy maja, y al mismo tiempo vi claro que no quería pasarme el resto de mi vida en un despacho.

Viajar fue mi tabla de salvación, con una carrera universitaria que se me hizo cuesta arriba.
Todo lo que ahorraba lo fundía en verano viajando, cada vez más lejos.
Aquí, con dos amigos y 25 años, bañándome en las gélidas aguas del lago Baikal, en una de las paradas del Transiberiano en nuestra ruta desde Estocolmo hasta Hong Kong.
Muchas, muchas aventuras…

En Mongolia tuve una de esas experiencias que te hacen ‘clic’.
Las noches las dedicábamos a salir y beber alcohol, pero de día las neuronas todavía tenían energía para filosofar y el corazón para sentir. No podía estar más lejos de casa, a miles de km y rodeado de la nada.
Y era eso precisamente lo que necesitaba.
Allí podía empezar a saber quién era.
Allí surgió el deseo de hacer un viaje de un año de duración.

Corría el año 2009 y me prometí que pondría toda mi energía en terminar el proyecto final de carrera PFC

La zanahoria y la salvación fueron el sueño de recorrer América del Sur.
El día que me ‘convertí’ en arquitecto estaba totalmente vacío. Tardé unas semanas en volver a sentir nada.
Pero ya había cumplido lo que la sociedad esperaba de mí.
Ahora empezaba el verdadero tiempo de construirme a mí mismo.

Con 27 años tuve mi primera experiencia en el mundo de las energías, gracias a Assum, un laberinto energético y la Geometría Sagrada.
Era la primera grieta en mi mente racional, que a partir de ese momento empezaría a hacer aguas en un proceso imparable.

La zanahoria de América del Sur seguía dándome energía.
Un año trabajando en París en la recepción de un hotel para ahorrar 5000€ y a los 28 años cruzamos el Charco con mi compañera en ese momento; Aneta, polaca, ilustradora, divertida, aventurera incansable, desbordantemente creativa…

Allí, recorriendo de arriba abajo durante un año el continente con la mochila, vivimos en nuestra piel lo que significa sentirse diferente y también tomamos conciencia de nuestros privilegios y del coste negativo que tienen para una gran parte de la humanidad.
Nos conocimos a nosotros mismos a través de los otros; fuimos acogidos con el corazón abierto en casas a veces rodeadas de miseria y a veces de opulencia.
Vivimos diez años condensados ​​en uno.

Viví un noviazgo larguísimo con la fotografía, mi primera gran pasión.
La cámara me permitió darle forma a mi visión del mundo. Me permitió construir un relato con la imagen y la palabra, profundamente inspirado por el escritor polaco Ryszard Kapuściński, reportero e incansable viajero.

Mientras tanto, Aneta lo plasmaba todo con su cuaderno y sus acuarelas .
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En Colombia viajamos con las plantas sagradas y la Ayahuasca hacia las profundidades del alma acompañados de un chamán y el sonido de los tambores. Fue mi primera experiencia profundamente psicodélica y profundamente transformadora.
Me entregué al viaje y la Tierra respiró conmigo y yo con ella.
Las plantas y los animales me hablaron y ya no volví a ver el mundo de la misma manera.
Esa noche adopté el vegetarianismo por un largo período.

De este transformador viaje salió un hijo, un libro que gestamos al regresar Aneta y yo durante 8 meses y del cual imprimimos 1000 ejemplares.
Esta gestación fue complicada, ya que se fusionó con nuestra separación.
Sin embargo el hijo nació bello y hermoso y llegó a muchas almas deseosas como nosotros de recorrer el camino del despertar.

Yo, Tú, Nosotros, Todo

Toqué el cielo con esta exposición en el Café del Teatre de Lleida titulada ‘Un fil daurat que tot ho uneix’ (Un hilo dorado que todo lo une).
A partir de ahí intenté vivir de la fotografía y finalmente rechazarla como sustento económico al igual que la arquitectura.

Dejar atrás la palpitante vida en Suramérica y regresar al Viejo Continente me llevó a una profunda depresión al no saber encontrar mi lugar en esta vida occidental y deshumanizante que todo lo rodea.
Así empezó otro viaje dentro de mi tierra para descubrir sitios alternativos, almas que pisaran caminos poco transitados.
En un camino caótico, desorganizado y lleno de altibajos donde a veces la pifié mucho, seguí transitando el camino de la búsqueda espiritual.

Otra de esas experiencias clave, de esas que suponen un antes y un después, fue ayudar a mi amigo-hermano Antonio a construir su hogar en el Pirineo.
Con un par de dibujos como planos, el corazón como guía y las manos como mejores herramientas.
Un día lluvioso, en el que algo encajó en mi interior tal como lo hacían las vigas del techo recíproco entre ellas.

Se despertó la segunda gran pasión en mi vida. La bioconstrucción. Materializar con las manos, y emplear materiales saludables para la vida.
El ímpetu, idealismo y corazón que ponía me impidieron ver durante mucho tiempo la complejidad y estructura que rige el mundo material y denso en el que vivimos.
Fueron unos años en los que casi todo lo que impulsaba se deshacía como un terrón y transité por unos altibajos que me desgarraban por dentro y que no sabía cómo manejar.
Me empeñaba en construir mi casa interna obviando los cimientos.

La búsqueda interior floreció la primavera que cumplía 31 años en forma de la primera fiesta que organizábamos en sincronía con las estaciones.
Fue en Butsènit, cerca de Lleida, con danza, arpa y cuencos tibetanos.
Comenzaba la sincronización con el ritmo de la Tierra que, como una espiral, iría profundizándose cada año.

La conexión con la Madre Tierra volvió a florecer en forma de Mandalas. Un grupo de amigos impulsamos Mandales al carrer.

Cada Solsticio y Equinoccio creábamos un mandala efímero de grandes dimensiones en la ciudad de Lleida. Assum Vilaseca se encargaba de los dibujos basados ​​en la Geometría Sagrada.
Belleza, presencia, conexión con la Tierra, círculo…
Volví a tocar el cielo cuando realizamos el último mandala en el ábside de la Seu Vella de Lleida. El proyecto cumplió un ciclo de un año y se detuvo porque mis cuentas en rojo me decían que ya era hora de buscar una actividad económicamente rentable.

En aquella época tuve contacto con mi tercera gran pasión, la danza. Y fue gracias a Maria Mora, gran maestra y conocedora del movimiento del cuerpo humano con disciplinas como Contact Improvisation o Axis Syllabus.
La danza parece no tener techo en mi vida.
Me está permitiendo descubrir paisajes y transitar espacios antes inimaginables.

En 2014, con 32 años, entré a escondidas en un cobertizo abandonado en Aspa, un pueblo de 100 habitantes cerca de Lleida. En ese espacio visioné una gran transformación y una gran vida.
Mi idealismo seguía siendo inversamente proporcional a mis ahorros.
Seguí el instinto y conseguí la cesión de este espacio hasta el 2026.
Y aquello me salvó la vida. Encontré un espacio donde poder materializar, donde poder experimentar sin limitaciones, donde poder compartir, donde poder crear hogar.
Allí nacía Llavor d’Art (Semilla de Arte).

De estar solo pasé a familia numerosa en dos años.
Conocí a María y con ella lo que significaba ser Madre, ya que ella venía acompañada de la pequeña Mapulay, nacida en casa y que desde el primer momento adopté en mi corazón.
A su lado comprendí lo que significa amar.

El 9 de enero de 2015, mi amiga del alma Núria, María y yo redactamos la visión de Llavor d’Art.
Nos dejamos soñar.
Dicen que es bueno apuntar a las estrellas, así al menos llegaremos a la Luna.

Nos compramos una Yurta y nos trasladamos a vivir a Aspa, con nuestras ilusiones y nuestros miedos. Esta ligera estructura fue, durante un año y medio nuestro techo, nuestro hogar, nuestro útero.
A finales de 2016, cuando tenía 34 años y María 39 nacieron en el hospital por cesárea Gael y un minuto después Gaia.
El día antes María sostenía una inmensa bola del mundo.

Y en medio de todo eso, mientras paríamos, mientras María amamantaba a los bebés, la construcción no se detenía. Había un foco interno, direccional, tremendamente fuerte para construir, para crear un Útero para la Tribu.
La recompensa fue enorme; el precio que pagamos, tanto a nivel individual como de pareja, también lo fue.
Considero que fui un padre bastante ausente durante ese periodo.
Y ya he hecho las paces con ello.

La recompensa, como he dicho, fue enorme. Conseguimos, con nuestras manos y la ayuda de muchas amistades y muchos voluntario@s a través de WWOOF, crear un espacio acogedor para las personas.
Un hogar para la familia, un espacio donde la gente, cuando cruza la puerta, se permite ser ella misma.
Con la construcción de nuestro propio hogar he descubierto la fuerza del trabajo en equipo, he redescubierto mi masculinidad y me he empoderado enormemente al realizar cosas que mi mente limitante me decía que no era capaz de hacer.

Llavor d’Art es un útero para uno mismo, un útero para la familia de sangre, un útero para la familia de corazón, la Tribu, que cuando se reúne con los instrumentos alrededor del fuego crea magia.

Y tres hijas, que me invitan amablemente a atravesar todo tipo de tormentas llenas de aprendizajes.
Tres cachorros que me hacen reír a carcajadas; me invitan insistentemente a reducir mis necesidades (que creía numerosas e indispensables) y me permiten ampliarme y disfrutar más de la vida ofreciendo mi energía al servicio de algo más allá de mi personaje.

Convertí esa gran pasión, la bioconstrucción, en trabajo y salieron algunos proyectos bellos y satisfactorios.
Proyectaba en convertirme en Artquitecte.
Mi autoexigencia y el desgaste emocional (aparte del físico evidentemente) que comportaba cada creación me llevaron a decidir (para mi tristeza) que la carpintería tampoco se me presentaba como un recurso rentable para ganarme la vida económicamente.
¿Qué quedaba entonces?

Mi inquietud por el funcionamiento del tiempo y de los ciclos, la conexión con los Solsticios y los Equinoccios, el deseo de conocer más los misterios del Sol y la Luna y sobre todo, el chirrido que me provoca el sistema capitalista y patriarcal en el que estamos inmersos y su manera lineal de proponernos el tiempo, hicieron surgir este esbozo en 2016, cuando tenía 34 años.
Esta semilla esperó pacientemente para surgir por primera vez a finales de 2019, con la primera edición de la Roda Solilunar y 500 ejemplares.

En Llavor d’Art, paralelamente a la reconstrucción, empezamos a celebrar el festivArt Pampallunes, que gestionó María durante 3 ediciones con mi apoyo logístico y organizativo. Recibimos en casa artistas como Amares, Laia dels Vents, Sol d’Ara, Eduard Canimas, proyecto Ur y Natxo Tarrés.

A principios de 2018, le encontraron a María un tumor en el pecho derecho que desarrolló en metástasis y terminó con su vida en menos de dos años.
Un proceso que nos ha llevado a transitar ‘la noche oscura del alma’ de la que hablaba San Juan de la Cruz y que ha removido profundamente lo que pensamos que es aquello que llamamos vida.
La Vida para mí es un misterio, un Gran Misterio, que se convierte en algo maravilloso cuando comprendemos que todo es aprendizaje.

María abandonó su cuerpo en febrero de 2020, pocos días antes del inesperado y durísimo confinamiento al que fuimos sometidos. Conseguimos colorear los dibujos en blanco y negro que nos dejó como legado y cada día se nos hacen presentes todos los regalos que nos dejó esta gran mujer, Dona Llavor, que siempre será la madre de mis hijos.

Así como el año de mochileros en Suramérica supusieron diez años de aprendizaje, justo diez años después, a los 38 años, la vida me ofreció de nuevo un enorme aprendizaje lleno de luces y sombras, en los que transitamos lo mejor que pudimos la enfermedad de María y todo lo que vino después, enormemente complejo y denso, mezclado con toda la época de confinamiento, el duelo y hacerme cargo solo de los tres pequeños.

Gracias a la ley de impermanencia, el invierno, por largo que sea, también se acaba y la primavera vuelve a lucir, esta vez con una fuerza y ​​una intensidad nunca antes conocidas.
Todo lo que iba brotando lentamente durante los últimos años ahora encuentra terreno fértil para crecer.
Llavor d’Art luce radiante y los encuentros que nutren el alma siguen teniendo lugar en este espacio. Espacio sanador en tiempos llenos de retos y oportunidades.

Acogemos con entereza el profundo vacío que ha dejado María.

La danza y la música que me han acompañado han sido piedra angular de esta sanación.
Espacios para soltar, para drenar dolor, para liberar tensiones acumuladas, para jugar, para nutrirse del tacto, el propio y el de los demás.
Espacios donde dejar emerger los propios procesos y poder acompañar el de los demás sosteniéndonos en la fuerza de la Tribu.

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